La novena a la Virgen de Guadalupe es una oración tradicional de nueve días consecutivos que prepara espiritualmente para la gran solemnidad del 12 de diciembre. Se reza del 3 al 11 de diciembre, culminando la víspera de la fiesta, aunque también puede rezarse en cualquier época del año con una intención particular.
Calendario de la novena
Para acompañar con devoción las fechas tradicionales de preparación al 12 de diciembre, puedes acceder directamente a las oraciones de cada día:
| Día de la novena | Fecha habitual | Tema del día | Enlace |
|---|---|---|---|
| Día 1 | 3 de diciembre | Primera aparición a Juan Diego en el Tepeyac | Ir al día 1 › |
| Día 2 | 4 de diciembre | El mensaje de María y la petición de un templo | Ir al día 2 › |
| Día 3 | 5 de diciembre | Juan Diego ante el obispo Zumárraga | Ir al día 3 › |
| Día 4 | 6 de diciembre | La petición de una señal por el obispo | Ir al día 4 › |
| Día 5 | 7 de diciembre | La curación de Juan Bernardino: «¿No estoy yo aquí, que soy tu madre?» | Ir al día 5 › |
| Día 6 | 8 de diciembre | Las rosas de Castilla en el cerro del Tepeyac | Ir al día 6 › |
| Día 7 | 9 de diciembre | La imagen milagrosa en la tilma ante el obispo | Ir al día 7 › |
| Día 8 | 10 de diciembre | María, Madre y protectora de los pueblos de América | Ir al día 8 › |
| Día 9 | 11 de diciembre | Víspera de la fiesta del 12 de diciembre y entrega filial | Ir al día 9 › |
- Cómo rezar la novena
- Oración inicial (todos los días)
- Día 1: Primera aparición a Juan Diego en el Tepeyac
- Día 2: El mensaje de María y la petición de un templo
- Día 3: Juan Diego ante el obispo Zumárraga
- Día 4: La petición de una señal por el obispo
- Día 5: La curación de Juan Bernardino
- Día 6: Las rosas en el cerro del Tepeyac
- Día 7: La imagen milagrosa en la tilma
- Día 8: María, Madre de los pueblos de América
- Día 9: La fiesta del 12 de diciembre y entrega filial
- Oración final (todos los días)
- Historia de la Virgen de Guadalupe en breve
- Preguntas frecuentes
Cómo rezar la novena
La novena puede rezarse de manera individual o en familia, preferiblemente a una hora fija de cada jornada para preservar la perseverancia en la oración. Cada uno de los nueve días sigue este orden constante:
- Señal de la Cruz:
Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
- Acto de contrición:
Señor mío Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, Creador, Padre y Redentor mío; por ser vos quien sois, bondad infinita, y porque os amo sobre todas las cosas, me pesa de todo corazón de haberos ofendido. También me pesa porque podéis castigarme con las penas del infierno. Ayudado de vuestra divina gracia, propongo firmemente nunca más pecar, confesarme y cumplir la penitencia que me fuere impuesta. Amén.
- Oración inicial: Se reza la oración inicial para todos los días.
- Meditación y oración del día: Se lee pausadamente la meditación y se reza la oración propia del día correspondiente (del Día 1 al Día 9), formulando en silencio la intención particular de la novena.
- Padre Nuestro, Ave María y Gloria: Se reza un Padre Nuestro, un Ave María y un Gloria en acción de gracias por los dones concedidos a través de la Virgen. Para profundizar en la oración del Ave María o para rezar el Santo Rosario completo antes o después de la novena, consulta nuestra guía sobre cómo rezar el Santo Rosario.
- Oración final: Se concluye con la oración final para todos los días y la Señal de la Cruz.
Oración inicial (todos los días)
¡Oh Dios todopoderoso y eterno! Tú que por medio de la Santísima Virgen María de Guadalupe quisiste manifestar a tu pueblo la ternura y la cercanía de tu amor salvífico. Concédenos, al comenzar esta novena, purificar nuestras intenciones, arrepentirnos sinceramente de nuestros pecados y disponer el corazón con humildad y confianza.
Y a ti, dulce Señora del Tepeyac, te suplicamos que acojas nuestras plegarias, intercedas por nuestras necesidades temporales y espirituales, y nos alcances la gracia que con devoción te pedimos en estos nueve días, si ha de ser para mayor gloria de Dios y bien de nuestras almas. Amén.
Día 1: Primera aparición a Juan Diego en el Tepeyac
En la madrugada del sábado 9 de diciembre de 1531, el indio Juan Diego Cuauhtlatoatzin caminaba rumbo a Tlatelolco para recibir la instrucción cristiana y asistir a la Santa Misa. Al llegar al pie del cerro llamado Tepeyac, comenzaba a amanecer y oyó un canto dulce de incontables aves preciosas que parecía resonar en toda la colina. Sorprendido, Juan Diego se preguntó si estaba soñando o en el paraíso prometido. De pronto, cesó el canto y escuchó una voz melodiosa que lo llamaba por la cumbre: «Juanito, Juan Dieguito». Al subir, contempló a una Señora celestial cuyo resplandor transformaba los abrojos y espinas en piedras preciosas. Ella se presentó con indecible majestad y dulzura como la perfecta y siempre Virgen Santa María, Madre del verdadero Dios por quien se vive.
Oh Virgen Santísima de Guadalupe, que elegiste manifestarte a un hombre sencillo y humilde para revelarnos la infinita misericordia de Dios. Concédeme la gracia de saber escuchar tu voz maternal en medio de los ruidos y afanes del mundo, y de caminar siempre en pos de tu divino Hijo. Haz que mi corazón esté atento a tus inspiraciones y dispuesto a servir con alegría en la vocación que el Señor me confió. Amén.
Día 2: El mensaje de María y la petición de un templo
En aquella primera entrevista matinal, la Reina del Cielo reveló a Juan Diego el motivo íntimo de su venida: deseaba ardientemente que se le erigiera una casa sagrada en el Tepeyac. «Mucho quiero, mucho deseo que aquí me levanten mi casita sagrada, en donde lo mostraré, lo ensalzaré al ponerlo de manifiesto: lo daré a las gentes en todo mi amor personal, en mi mirada compasiva, en mi auxilio, en mi salvación». La Virgen deseaba un santuario donde acoger el dolor, las lágrimas y las penas de todos los moradores de esta tierra y de cuantos la invocaran con filial devoción. María no buscaba un monumento para su gloria terrena, sino un hogar donde acercar a sus hijos a Jesucristo, único Mediador y Redentor.
Madre amorosa de Guadalupe, tú que deseas un templo no solo hecho de piedras, sino edificado en el corazón de cada creyente. Te consagro hoy mi alma, mi familia y mi hogar para que habites en ellos con tu paz. Que mi vida entera sea una morada digna de Cristo, donde reine el amor fraterno, el perdón generoso y la reverencia constante a los mandamientos divinos. Amén.
Día 3: Juan Diego ante el obispo Zumárraga
Obediente al mandato celestial, Juan Diego fue a la Ciudad de México y acudió al palacio del primer obispo de México, Fray Juan de Zumárraga, religioso franciscano. Tras larga espera, fue recibido con caridad pero con prudente cautela eclesiástica. El prelado escuchó el relato con reserva, temiendo alguna ilusión o engaño, y le dijo que volviera otro día para examinar el asunto con más detenimiento. Juan Diego regresó entristecido al Tepeyac y, arrodillado ante la Virgen, le suplicó que enviara a un mensajero de alcurnia, noble y respetado, diciéndole: «Soy un hombrecillo, soy cordel, soy escalerilla, soy excremento de gente; tú me envías a un lugar donde no ando ni paro». Pero la Madre Celestial le respondió con infinita ternura que a él precisamente le correspondía llevar a cabo esa misión.
Señora nuestra y Reina del Cielo, que prefieres a los pequeños y desamparados para manifestar las maravillas de tu gracia salvífica. Líbrame del orgullo, de la autosuficiencia y del desaliento cuando mis esfuerzos humanos parezcan infructuosos. Infúndeme la fe humilde y la constancia de San Juan Diego para cumplir siempre la voluntad del Señor, aun frente a la incomprensión de los hombres. Amén.
Día 4: La petición de una señal por el obispo
Siguiendo el ruego de la Virgen, Juan Diego regresó al día siguiente al palacio episcopal. Esta vez el obispo le formuló minuciosas preguntas sobre las circunstancias de la aparición, comprobando la coherencia y honestidad del mensajero indígena. No obstante, para cerciorarse plenamente de que se trataba de un mandato de la Madre de Dios y no de una piadosa fantasía, Zumárraga le pidió que solicitara a la Señora una señal inequívoca y divina que probara la autenticidad de su mensaje. Juan Diego, sin turbarse, aceptó con total naturalidad y preguntó qué señal deseaba, a lo que el obispo prefirió no especificar. Al comunicar el recado en el cerro, María sonrió complacida y le aseguró que al día siguiente le otorgaría la señal milagrosa que convencería al prelado.
Santa María, Madre y Maestra de la fe, que con paciencia acoges nuestras debilidades y dudas humanas. Ayúdame a no exigir señales vanas para tentar al Señor, sino a tener un corazón dócil que sepa reconocer los signos diarios de su amor providente en la Iglesia y en los sacramentos. Acrecienta en mí la virtud teologal de la fe para confiar sin vacilación en las promesas del Evangelio. Amén.
Día 5: La curación de Juan Bernardino
El lunes 11 de diciembre, Juan Diego no pudo acudir a la cita con la Virgen, pues su anciano tío, Juan Bernardino, enfermó gravemente de cocoliztli (peste). En la madrugada del martes 12, salió presuroso hacia la ciudad en busca de un sacerdote para administrarle los últimos sacramentos. Para no entretenerse con la Señora, dio un rodeo por el flanco oriental del cerro. Sin embargo, la Virgen descendió a su encuentro y le preguntó con dulzura: «¿Qué hay, hijo mío el más pequeño? ¿A dónde vas?». Apenado, Juan Diego le explicó la agonía de su tío. Fue entonces cuando María pronunció las palabras que han consolado a generaciones de creyentes: «Escucha y ponlo en tu corazón, hijo mío el más pequeño: que nada te asuste ni te aflija; que no se turbe tu rostro ni tu corazón. ¿No estoy yo aquí, que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra y resguardo? ¿No soy yo la fuente de tu alegría? ¿No estás en el hueco de mi manto, en el cruce de mis brazos? ¿Tienes necesidad de alguna otra cosa? No te apure la enfermedad de tu tío, porque de ella no morirá por ahora. Ten por cierto que ya está curado». Y en esa misma hora su tío recuperó la salud.
Tiernísima Virgen de Guadalupe, refugio de los afligidos y salud de los enfermos. Graba en lo más íntimo de mi alma tus palabras maternales para que en ninguna angustia, soledad o dolor pierda la serenidad cristiana. Pon bajo tu manto protector a mis seres queridos enfermos del cuerpo o del espíritu, concédeles la salud según la voluntad divina y cólmalos de esperanza celestial. Amén.
Día 6: Las rosas en el cerro del Tepeyac
Consolado por la milagrosa curación de su tío, Juan Diego se dispuso gozoso a recibir la señal prometida para el obispo. La Santísima Virgen le indicó que subiera a la cumbre pedregosa del Tepeyac, cortara las flores que allí encontrara y las trajera a su presencia. Aquella colina árida, donde solo prosperaban cactos y espinos, estaba en pleno rigor invernal con fuertes heladas. Al subir a la cima, Juan Diego quedó maravillado al contemplar un hermosísimo vergel de fragantes rosas de Castilla frescas, cubiertas de rocío matutino. Cortó cuantas pudo, las colocó en el regazo de su tilma de fibra vegetal y descendió ante la Señora. La Virgen tomó las rosas con sus manos sagradas, las arregló con mimo en el manto de Juan Diego y le dijo: «Hijo mío el más pequeño, estas diversas flores son la prueba y señal que llevarás al obispo; en mi nombre le dirás que vea en ellas mi deseo y cumpla mi voluntad. Tú eres mi embajador, en ti deposito toda mi confianza».
Hermosa Rosa Mística de Guadalupe, que haces florecer la gracia y la esperanza en donde antes solo abundaba la aridez y la desolación del pecado. Haz que en el desierto de mi alma broten los frutos de la santidad: la pureza de intención, la caridad fraterna y la oración perseverante. Que yo sea portador del buen olor de Cristo ante mis hermanos y testigo alegre de la bondad de Dios en mi entorno diario. Amén.
Día 7: La imagen milagrosa en la tilma
Juan Diego marchó contento al palacio episcopal custodiando celosamente el secreto de su tilma, cuidando de que nadie descubriera ni arrebatará las flores celestiales. Introducido finalmente ante el obispo Zumárraga y varios sacerdotes de su casa, Juan Diego relató con sencillez lo sucedido: «Señor mío, hice lo que me mandaste. Fui a la cumbre del cerro y vi un paraíso de flores; las corté y la Señora del Cielo las arregló con sus propias manos para que te las trajera personalmente como señal fidedigna». En ese instante, Juan Diego extendió su manta blanca. Las olorosas rosas cayeron al suelo y súbitamente apareció estampada y dibujada en la tosca tela de agave la bellísima imagen de la Siempre Virgen Santa María, Madre de Dios, tal como hoy se custodia en la Basílica. El obispo Zumárraga y todos los presentes se arrodillaron conmovidos hasta las lágrimas, adoraron a Dios y pidieron perdón por haber dudado de su humilde embajador.
Oh Virgen Inmaculada de Guadalupe, admirable en tu sagrada imagen grabada en el ayate de San Juan Diego. Así como quisiste imprimir tu figura maternal en una tela tosca y perecedera, dígnate grabar en mi corazón las virtudes de tu alma: tu pureza inmaculada, tu humildad profunda y tu fidelidad incondicional a la Palabra de Dios. Que mis obras y pensamientos sean un reflejo vivo del Evangelio de Cristo. Amén.
Día 8: María, Madre de los pueblos de América
Tras el milagro, el obispo desató con honda devoción la tilma del cuello de Juan Diego y la colocó en su oratorio particular. A los pocos días, la ciudad entera acompañó en solemne procesión la bendita imagen a una primera ermita en el Tepeyac. El suceso guadalupano transformó la historia del Nuevo Mundo: millones de personas de los pueblos autóctonos, conmovidas al contemplar a la Madre de Dios con rasgos mestizos, túnica estrellada y cinto de maternidad, reconocieron en ella a su amorosa protectora y abrazaron espontáneamente la fe católica. La Virgen de Guadalupe reconcilió a dos mundos antes confrontados, forjando una nueva civilización cristiana basada en la hermandad. Por ello, la Iglesia la venera como Reina de México, Patrona de las Américas y Estrella de la Evangelización.
Reina celestial y Madre de las Américas, que con tu presencia compasiva uniste a pueblos diversos en una sola familia en torno al altar de Jesucristo. Mira con ternura a nuestras naciones: aleja de ellas la violencia, la discordia civil, el ateísmo y la pobreza. Protege a nuestras comunidades cristianas y asiste a los gobernantes para que defiendan la justicia, el matrimonio sagrado, la dignidad de la familia y el don de la vida desde su concepción. Amén.
Día 9: La fiesta del 12 de diciembre y entrega filial
Llegamos a la víspera de la gran solemnidad del 12 de diciembre, fecha en que el milagro de las rosas y de la tilma se consumó en el Tepeyac en 1531. Millones de peregrinos de todo el orbe acuden al santuario cantando «Las Mañanitas», ofreciendo flores y depositando en los brazos de la Morenita del Tepeyac sus penas y esperanzas. Concluir esta novena no es solo recordar un acontecimiento de gracia del pasado, sino renovar nuestra entrega personal a la Madre de Dios. La Virgen continúa preguntándonos a cada uno: «¿No soy yo tu Madre?». Responder con autenticidad a su llamada exige vivir en gracia santificante, acudir con frecuencia a la Confesión y a la Sagrada Comunión, y practicar la caridad con el prójimo en nuestras tareas cotidianas.
Santísima Virgen de Guadalupe, Emperatriz de América y Madre tierna de mi alma. Al concluir esta novena, me entrego enteramente a tu amparo maternal. Te ofrezco mis alegrías, mis dolores, mis esfuerzos y las intenciones que he presentado en estos nueve días de oración. Sé mi guía en este peregrinar terreno, sé mi fortaleza en la hora de la tentación y recíbeme en tus brazos maternales al final de mi vida para conducirme ante la gloria eterna de tu Hijo Jesús. Amén.
Oración final (todos los días)
Acuérdate, ¡oh piadosísima Virgen del Tepeyac!, de aquellas palabras llenas de consuelo con que confortaste a San Juan Diego: «¿No estoy yo aquí, que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra y resguardo? ¿No soy yo la fuente de tu alegría? ¿No estás en el hueco de mi manto, en el cruce de mis brazos?».
Con esta misma confianza filial acudimos hoy a ti, Madre nuestra de Guadalupe. Te pedimos que extiendas tu manto protector sobre nosotros, nuestras familias, nuestras patrias y el mundo entero. Concédenos salud en el cuerpo y santidad en el alma, líbranos de todo mal y peligro, y alcánzanos de tu divino Hijo la salvación eterna.
Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios, para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Nuestro Señor Jesucristo. Amén.
Historia de la Virgen de Guadalupe en breve
En diciembre de 1531, en la colina del Tepeyac, en las afueras de la Ciudad de México, la Santísima Virgen María se apareció en cuatro ocasiones al indígena San Juan Diego Cuauhtlatoatzin y en una a su tío Juan Bernardino. Como testimonio imperecedero de su presencia, la Madre de Dios dejó estampada su imagen sagrada en el tosco tejido de maguey del ayate de Juan Diego ante el primer obispo de México, Fray Juan de Zumárraga, un prodigio que dio inicio a la evangelización masiva de los pueblos originarios de América.
Para conocer en profundidad la historia y los estudios sobre el lienzo sagrado, puedes consultar nuestra guía dedicada a la tilma de Guadalupe y su conservación, la información sobre el santuario mariano más concurrido del mundo en la Basílica de Guadalupe, y las oraciones compuestas por los Santos Padres en nuestra página sobre la oración a la Virgen de Guadalupe.
Preguntas frecuentes
¿Cuándo se empieza la novena a la Virgen de Guadalupe?
¿Qué pasa si me salto un día?
¿Se puede rezar en otra época del año?
¿Se reza en familia o solo?
¿Qué se pide en la novena?
Profundiza tu devoción a María
El amor filial a la Virgen de Guadalupe conduce naturalmente a una entrega total a Jesús a través de sus manos maternales. Si deseas dar un paso más en tu vida de piedad mariana, conoce la preparación de 33 días explicada en nuestra guía sobre la consagración a la Virgen María según San Luis María Grignion de Montfort, o inscríbete al curso gratuito de acompañamiento de los Heraldos del Evangelio.
Ver el curso gratuito de consagración ›- Nican Mopohua («Aquí se cuenta»), manuscrito náhuatl atribuido a Antonio Valeriano (siglo XVI), relato histórico fundamental de las apariciones guadalupanas.
- Basílica de Santa María de Guadalupe — Comisión de Estudios Guadalupanos.
- San Juan Pablo II, Homilía de la canonización de San Juan Diego Cuauhtlatoatzin (Ciudad de México, 31 de julio de 2002).